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Artista Francisca Khamis Giacoman: Mi trabajo no intenta ilustrar el genocidio, sino pensar cómo esa violencia atraviesa historias a miles de kilómetros de distancia

La artista presenta la exposición Tres actos para caídas fuera de casa, en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, hasta el 2 de agosto. En esta entrevista comparte parte de su proceso creativo y cómo esta muestra sostiene relatos de resistencia. 

En mayo se conmemoraron los 78 años de la Nakba, el desplazamiento forzado de más de 750 mil palestinos tras la ocupación ilegal y la expansión de colonos israelíes en 1948. Esta historia no ha acabado, sigue resonando en el presente y atraviesa también Tres actos para caídas fuera de casa, la exposición que la artista Francisca Khamis Giacoman inauguró en abril en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende.

Curada por Soledad García Saavedra, la muestra reúne performance, instalación, bordado y video para abordar la memoria diaspórica, el desplazamiento y la transmisión intergeneracional. A partir de objetos familiares, viajes y relatos vinculados a Al-Makhrour— territorio de origen de parte de su familia en Palestina— Khamis Giacoman construye una propuesta íntima sobre las huellas de la migración forzada y sus persistencias en el presente.

La exposición y su relato resuena especialmente en Chile, país que alberga la mayor comunidad palestina fuera del mundo árabe. Desde ese cruce entre historia familiar y memoria colectiva la artista propone una mirada que conecta archivo, territorio y resistencia.

Francisca Khamis Giacoman es una artista chilena interdisciplinaria radicada en Ámsterdam. Su trabajo explora memorias diaspóricas fragmentadas, tradiciones orales y la naturaleza fluida del tiempo. Ha exhibido en espacios internacionales como la Bienal de Kochi-Muziris, Abu Dhabi Art, de Appel, Extra City y Het Nieuwe Instituut, entre otros, y sus películas han sido presentadas en festivales como Locarno, FIDOCS, Cinéma du Réel y Cairo IFF.

En esta conversación, reflexiona sobre proceso creativo de esta exposición y las formas en que el arte puede abrir espacio para pensar y reflexionar colectivamente sobre la violencia ejercida sobre el pueblo palestino. 

Durante años te dedicaste al diseño y esta es tu primera exposición en Chile. ¿Qué significó para ti dar ese paso y presentar este trabajo en el MSSA?

Durante varios años trabajé en diseño, sobre todo gráfico. Ese recorrido también marcó profundamente mi práctica artística y mi manera de relacionarme con los materiales. Esta exposición significó para mí un cruce entre distintos tiempos y espacios personales: volver a Chile con un trabajo que habla justamente sobre desplazamientos, memoria, herencias familiares y territorios fragmentados.

Francisca-Khamis

Es muy importante presentarla en el MSSA, porque es un espacio históricamente vinculado a preguntas políticas, a los derechos humanos y a formas de solidaridad internacional. Siento que hoy es especialmente relevante abrir espacios para hablar sobre Palestina y la muestra también funciona como una excusa para conversar sobre el genocidio en curso y sobre lo que está ocurriendo en el territorio palestino y en la región.

¿Cómo surge el título de la muestra y a qué se refiere?

El título fue propuesto por la curadora Soledad García Saavedra y siento que logra reunir de manera muy sensible muchas de las preguntas que atraviesan la exposición. Los “tres actos” tienen relación con los tres cuerpos de obra: la performance del paracaídas, la serie de bordados Los Malos y los trabajos en torno a la casa familiar en Al-Makhrour. Me gusta cómo el título permite que esos tres elementos se enlacen entre sí a través de la idea de la caída, del desplazamiento y de la posibilidad de volver a sostenerse.

Hay una frase que Soledad rescata en el texto curatorial que para mí resume muy bien ese lugar: “imagina que estás cayendo, pero no hay lugar para aterrizar”. Me interesaba pensar la caída no solamente como algo asociado a la pérdida o al fracaso, sino también como una experiencia física, emocional y política ligada a la migración, a la diáspora y a la sensación de no terminar de pertenecer completamente a un lugar.

La idea de “fuera de casa” también tiene relación con experiencias migrantes, el desplazamiento y la dificultad de volver. Muchas de las obras parten de esa insistencia de acercarse a algo que es inaccesible en su totalidad. 

La exposición reúne bordados, objetos, video y performance. ¿Cómo fuiste armando este trabajo? ¿Qué lugar tuvieron los recuerdos, los relatos familiares y los viajes en ese proceso?

El proceso fue bastante orgánico y se construyó durante varios años. Parte importante de mi metodología consiste en recibir cajas con objetos enviados por personas cercanas y queridas, y a partir de ellos comenzar un proceso de desarmar, desplegar y revisar tanto su contenido material como emocional. En esta exposición hay dos cajas fundamentales: una que contenía piedras de la casa de Al-Makhrour y otra con el paracaídas y los bordados.

Muchas de las obras parten de viajes que hice a Palestina, especialmente a Al-Makhrour, y de la transmisión oral dentro de mi familia, en especial los relatos de mi tía abuela Labibe Khamis, quien es la última persona viva de la primera generación de mi familia que llegó a Chile desde Palestina. Gran parte de mi trabajo se ha construido escuchando sus formas de narrar, su castellano mezclado con árabe y las memorias a las que ella decide dar importancia.

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Tu familia estuvo ligada al mundo textil palestino en Chile y hay serie de parches con errores y que tú recuperas. ¿Qué te interesa de trabajar con ese tipo de material descartado?

Estos parches eran parte de un negocio familiar. Se mantuvieron dentro de la familia porque no lograron entrar al mercado por fallas de fabricación y eso me parecía muy potente: pensar que  gracias a esa falla que yo pude verlos, conservarlos y trabajar con ellos.

A partir de eso desarrollé una serie llamada Los Malos, donde junto a mi tía Teresa comenzamos a redibujar y repetir esos errores. Había algo importante en volver sobre la falla y transformarla en el centro de la obra en vez de ocultarla.

También aparece una reflexión sobre las herencias familiares y generacionales. Existe una complejidad de las identidades migratorias o diaspóricas, donde a veces se construyen narrativas muy idealizadas sobre los ancestros. Y aunque existen historias muy valiosas de esfuerzo y resistencia, también hay contradicciones, zonas incómodas y errores que creo que es importante mirar y desempacar.

El paracaídas aparece como un elemento central en la exposición y se activó en una performance durante la inauguración. ¿Por qué la elección de este elemento y qué se pone en juego cuando se despliega?

Me interesaba por su carga contradictoria. Es un objeto asociado a la caída y al riesgo, pero también a la posibilidad de sobrevivir esa caída. Tiene algo muy frágil, porque depende solo de tela, cuerdas y aire, y al mismo tiempo es un objeto extremadamente técnico, resistente y preciso. También carga imaginarios muy distintos y muchas veces opuestos: el rescate y la militarización, la huida y el control, la supervivencia y la violencia.

Fue fabricado por mi familia y llegó a mí en una caja, casi como un objeto heredado o una promesa. Ahí aparece una contradicción importante: cómo un material ligado originalmente a un trabajo manual y doméstico termina transformándose, a través de procesos de industrialización y modernización, en un objeto militar y muy técnico.

En la performance se activa ese objeto desde el cuerpo y desde una experiencia compartida. Cuando se abre, transforma el espacio y genera una relación muy física entre quienes lo sostienen. El trabajo fue en conjunto con Paz Marín y Kamille Gutiérrez, quienes le dieron nuevos movimientos y relaciones con el cuerpo, y con Eli Wewentxu, quien a través de la composición sonora abrió nuevas posibilidades para el objeto.

Me interesaba volver a mirarlo desde otro lugar: nuevamente como tela, como peso, como cuerpo y como algo que todavía puede volver a transformarse.

Parte de las obras se conectan con la casa familiar en Al-Makhrour, un lugar hoy amenazado. ¿Cómo se trabaja con un territorio que sigue siendo afectado por procesos de ocupación y pérdida?

Implica relacionarse con algo que todavía está en transformación. Al-Makhrour es un valle muy fértil cerca de Belén, ubicado en el Área C de Cisjordania, bajo control militar israelí. El territorio ha sido amenazado por la expansión de asentamientos ilegales, procesos de anexión y desplazamiento forzado de familias palestinas. Muy cerca de la casa de mi familia comenzaron a construir un asentamiento en 2015, y el año pasado una familia vecina fue expulsada de sus tierras por colonos respaldados por fuerzas militares.

El video 31°42’49.5″N 35°10’13.9″E nace a partir de una comisión de Het Nieuwe Instituut, en Rotterdam, para generar una especie de archivo de la casa y del territorio. En un comienzo pensé trabajar un lenguaje visual y técnico  asociado al control territorial o incluso a la estética militar para archivar lo que probablemente será destruido. Pero mientras trabajaba entendí que la reconstrucción no era solamente documental, sino también una forma de llenar el vacío entre mi propia experiencia del lugar y los recuerdos de quienes tuvieron que abandonarlo hace décadas. 

Este año se cumplen 78 años de la Nakba, y tu exposición estará en exhibición justo en la fecha de su conmemoración. ¿Cómo dialoga tu obra con esa historia y con lo que sigue ocurriendo hoy en Palestina?

La Nakba no es solamente un evento histórico del pasado; es un proceso que continúa hasta hoy a través de distintas formas de desplazamiento, ocupación, control territorial y violencia sobre la población palestina. Lo que estamos viendo actualmente en Gaza y en distintos territorios palestinos forma parte de una continuidad histórica de expulsión y colonización que lleva décadas ocurriendo.

La exposición dialoga con esa continuidad desde la experiencia de la diáspora, pero también desde la pregunta sobre cómo se sostiene una memoria cuando existe un intento constante de borrar un territorio y a las personas que lo habitan. Muchas de las obras trabajan contra la desaparición: reconstruir una casa amenazada, insistir en relatos orales familiares, conservar materiales descartados o descoser objetos para volver a mirar cómo están construidos.

Para mí es importante no transformar el sufrimiento palestino en una imagen espectacular o consumir la violencia solamente desde la distancia. Mi trabajo no intenta ilustrar directamente el genocidio, sino pensar cómo esa violencia atraviesa los cuerpos, los objetos, el lenguaje y las historias familiares incluso a miles de kilómetros de distancia.

Creo que eso también resuena profundamente en Chile. Pese a que las historias y contextos son distintos, acá también existen procesos históricos y actuales de despojo, violencia estatal y conflicto territorial, especialmente hacia el pueblo mapuche. 

Pero también creo que no basta solamente con observar o empatizar. Vivimos un momento donde es necesario posicionarse políticamente y nombrar las cosas con claridad. Me interesa que la exposición también funcione como un espacio para abrir conversaciones, generar vínculos y recordar que la solidaridad no puede quedarse solo en el plano simbólico.

Para mí, insistir en la memoria, en los relatos compartidos, en los encuentros colectivos y en la imaginación de otros futuros posibles también puede ser una forma de resistencia. No como reemplazo de la acción política concreta, sino como parte de ella.

Francisca-Khamis

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