Enero, 2026
En las ciudades de América Latina la vivienda se ha convertido en un campo de tensión entre urgencia social, restricciones normativas y límites ambientales. El déficit habitacional, la crisis climática y la necesidad de densificar sin desplazar obligan a repensar no solo cuánto y dónde construir, sino también cómo y desde qué modelos urbanos hacerlo. En este escenario, la arquitectura en madera emerge no como una solución puntual o un gesto tecnológico aislado, sino como un campo de experimentación urbana, capaz de articular sostenibilidad material, productividad constructiva y nuevas formas de vida colectiva.
Iniciativas impulsadas desde Columbia GSAPP Housing Lab suponen comprender la vivienda como parte de un ecosistema urbano mayor, donde las decisiones materiales y constructivas se inscriben en procesos sociales, culturales y territoriales de largo alcance. Experiencias internacionales de “clústeres” de madera han mostrado que la vivienda colectiva pueden operar como verdaderas infraestructuras sociales y edificios notables como La Borda (Lacol), Terrazas para la Vida (Urbanitree) o Tomás Bretón (sAtt), satisfacen esa demanda. Esta aproximación resulta pertinente para una región, donde la informalidad, la autoconstrucción y las redes familiares han sido históricamente mecanismos de acceso a la vivienda, y donde el proyecto arquitectónico puede operar como herramienta de formalización y mejora progresiva del hábitat.
Experiencias internacionales de ciudades y barrios de madera ofrecen claves para repensar la densificación en contextos urbanos consolidados. En lugares como Växjö, Suecia, la construcción en madera no es una excepción experimental, sino una política sostenida que articula objetivos ambientales, industria local y calidad de vida. También, iniciativas recientes como Stockholm Wood City y Faelledby (Henning Larsen) u Örnsro Timber Town (CF Möller), proyectan la madera como soporte de nuevos distritos mixtos, donde vivienda, trabajo y espacio público se integran bajo una lógica de baja huella de carbono y alta intensidad urbana.
Si bien estos casos no son modelos transferibles de manera directa, ofrecen claves para repensar la vivienda en contextos consolidados. En ese sentido el desafío consiste en introducir progresivamente lógicas de barrio y densificación capaces de operar dentro de tejidos existentes y de responder a realidades sociales complejas.
En esta búsqueda, quizás a escala más pequeña y con una menor libertad formal o flexibilidad, el concepto de “microrradicación” adquiere relevancia, pues –a diferencia de modelos tradicionales con desplazamiento y ruptura de vínculos sociales- densifica sin desarraigar. Opera desde la escala mínima del lote, reconociendo el valor urbano y afectivo de los barrios existentes, y apostando por mejorar las condiciones de habitabilidad sin expulsar a quienes ya habitan el territorio.
La microrradicación no busca borrar lo informal, sino formalizarlo y fortalecerlo, integrando nuevas viviendas en el mismo terreno y manteniendo redes familiares y comunitarias. En este contexto, el “pequeño condominio” permite densificar gradualmente, fortalece redes vecinales y reduce la presión sobre la expansión urbana convirtiéndose en una infraestructura doméstica compartida, capaz de alojar a familias allegadas sin perder continuidad territorial. Desde la escala de la calle, estas intervenciones pueden parecer discretas, pero su impacto acumulativo es profundo, pues permiten construir ciudad desde adentro, lote a lote, barrio a barrio. La vivienda deja de entenderse como una unidad autónoma y se transforma en un sistema doméstico ampliado, donde patios, escaleras, pasillos y umbrales adquieren un rol central.
La incorporación de vivienda industrializada en madera potencia esta lógica. La prefabricación y el control de procesos permiten intervenir en terrenos pequeños, irregulares y ocupados, reduciendo tiempos de obra y minimizando impactos en barrios consolidados. Así, prototipos industrializados, como el Pequeño Condominio Modular en CLT (Tallwood) deja de ser un ejercicio excepcional y se convierte en una herramienta capaz de adaptarse a distintas configuraciones prediales y normativas. Cada pequeño condominio puede entenderse como una unidad mínima de ciudad de madera, donde se articulan sostenibilidad material, eficiencia productiva y vida comunitaria.
Para países sísmicos como Chile, investigaciones recientes (como las del ingeniero Sebastián Cárcamo) proponen hacer visible el comportamiento estructural a través de herramientas gráficas que incorporan desplazamiento, deformación y tiempo para las conocidas tipologías estructurales -entramados, postes y vigas y maderas macizas- de esta clase de edificios. Desde esta perspectiva, para los arquitectos, la estructura deja de ser un soporte invisible y se entiende como una “ortopedia” del edificio, un sistema que acompaña y regula el movimiento, haciendo explícita la relación entre configuración arquitectónica y comportamiento estructural. Así, en los clústeres de madera, —ya sean compuestos por pequeños condominios o conjuntos de mediana altura— convergen estrategias urbanas, innovación técnica y vida cotidiana.
Por Andrés Sierra. Arquitecto y Magíster en Arquitectura UC (2010). Profesor Adjunto Escuela de Arquitectura. Universidad Gabriela Mistral
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