El Aura del Fantasma: El NFT y la (Im)posibilidad del Original Digital

En marzo de 2021, la casa de subastas Christie’s vendió una obra de arte digital por US$69 millones. La obra, Everydays: The First 5000 Days (2021) del artista Beeple, no era una pintura ni una escultura, era un regular archivo JPG. Su venta fue asegurada no por un certificado de papel, sino por un NFT (Non-Fungible Token).

El debate mediático centró de inmediato la atención en la especulación financiera, la volatilidad del mercado y el desastre ecológico de la tecnología blockchain, por la significativa carga de energía que demanda. Pero reducir el fenómeno NFT a una burbuja financiera, es perder de vista la verdadera pregunta, una mucho más profunda y relevante para la historia del arte: ¿Qué constituye exactamente la obra? ¿Qué es lo que se compró?

Más que una revolución financiera, el NFT es un evento sintomático en la historia de los medios y del arte. Es la respuesta, quizás desesperada, a una problemática central que persigue al arte digital desde sus inicios: su infinita reproductibilidad.

El problema fue diagnosticado con una precisión quirúrgica por Walter Benjamin (2008) en 1936. Para Benjamin, la obra de arte tradicional poseía un “aura”: su hic et nunc (su aquí y ahora), su existencia única en un lugar específico, su historia material, la conexión con el ritual. La reproducción técnica (fotografía, cine) destruía esa aura al crear múltiples copias, liberando a la obra de su anclaje físico y transformando su “valor de culto” en “valor de exhibición”.

El arte digital es la culminación de este tránsito. Un archivo digital no es una copia de un original; su naturaleza es ser idénticamente reproducible. El archivo .jpg que uno descarga de la web es el original, en la misma medida que el que posee el artista. No hay degradación, no hay pátina, no hay “aquí y ahora”. El arte digital, en su forma más pura, es un arte sin aura.

Y entonces, llega el NFT.

Everydays: The First 5000 Days.

El token no fungible es un intento paradójico de re-instaurar el aura en un medio que estructuralmente la rechaza. Es crucial entender que el NFT no es la obra de arte. El JPG de Beeple no está “en el blockchain“. Ese archivo, en la mayoría de los casos, reside en un servidor convencional, tan copiable como siempre.

Lo que el blockchain registra es un certificado. Es una línea de código en un libro de contabilidad descentralizado e inmutable que dice, esencialmente: Esta dirección de billetera digital posee el token asociado a esta obra.

El NFT, por tanto, no hace única a la imagen; hace única a la propiedad.

Aquí es donde debemos conjugar a Benjamin con Boris Groys. En su ensayo “Sobre lo nuevo” (Groys, 2014), argumenta que la innovación en el arte contemporáneo no proviene de crear algo formalmente inédito (pues todo parece estar ya hecho), sino de un acto de “valorización”. Este acto consiste en tomar algo del “archivo profano”, la infinita masa de imágenes, textos y datos que nos rodea y recontextualizarlo en el “archivo cultural” o “sagrado”, es decir, la galería, el museo, la colección.

El NFT es la máquina de valorización más pura que hemos inventado. Toma un archivo digital, un “fantasma” infinitamente reproducible que flota en el mar de internet y, mediante un acto de inscripción tecnológica (el minting), lo ancla a un token único. No le devuelve su aura física benjaminiana, pero le confiere algo nuevo: un aura de procedencia, escasez y propiedad, verificada algorítmicamente. El coleccionista no compra la imagen, que es pública, sino el concepto de poseerla.

Obras como los CryptoPunks (Larva Labs, 2017), considerados los incunables del género, ilustran esto perfectamente. Son 10.000 imágenes de personajes pixelados, algorítmicamente generados. Todos pueden verlos y copiarlos, pero el blockchain certifica quién es el dueño de cada token específico. Su valor no reside en la estética pixelada, sino en su estatus de “originales” certificados dentro de ese sistema cerrado.

Cryptopunks.

Esto redefine radicalmente la lógica de la curaduría y el coleccionismo. El curador ya no solo gestiona objetos físicos, sino también contratos inteligentes. El coleccionista no adquiere un bien material, sino un derecho conceptual.

El NFT es el certificado de propiedad de un fantasma. Es la aceptación de que la obra de arte en la era digital está desmaterializada, pero es, al mismo tiempo, el intento de imponerle las viejas lógicas del mercado y la posesión. No soluciona el problema de la reproductibilidad. Simplemente lo rodea, evidenciando la paradoja que lo único tangible es el algoritmo.

NFT.com

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Sobre Kurt Petautschnig
Director del Magíster en Artes Digitales y Nuevas Tecnologías de la Universidad
Gabriela Mistral.

Doctor en Estudios Americanos (Universidad de Santiago), Magíster en Estudios Culturales y Licenciado en imagen (Universidad de Artes y Ciencias Sociales). Académico universitario con más 13 años de experiencia en docencia, investigación y creación artística. Su línea de investigación se desarrolla con un enfoque interdisciplinar que cruza estudios visuales, teoría medial, antropología, estética, filosofía e historia con foco en la configuración de un estatuto singular de la imagen en América Latina, la imagen técnica como antecedente genealógico de la visión artificial y las condiciones de mirada no humana.

 

Referencias Bibliográficas

Benjamin, W. (2008). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (Edición
en Obras, libro I, vol. 2). Abada Editores.
Groys, B. (2014). Sobre lo nuevo: Ensayo de una economía cultural. Pre-Textos.

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