Mayo, 2025
El Núcleo de Estudios Compartidos es un programa de formación y acompañamiento en arte contemporáneo impulsado por Sagrada Mercancía, con el objetivo de fortalecer la reflexión y la producción artística desde una dinámica colectiva. A lo largo de diez meses, los participantes asistieron a sesiones semanales que combinaron teoría, evaluación y encuentros con curadores, artistas e investigadores locales y latinoamericanos.
Más que un espacio de formación, el Núcleo funciona como una plataforma de experimentación y pensamiento crítico, donde la creación artística se entiende como un proceso compartido. Su eje central es la autogestión y el intercambio de saberes, lo que permite a cada artista cuestionar su propia praxis y situarse dentro del ecosistema del arte contemporáneo.
La exposición final del Núcleo presenta las obras desarrolladas durante el programa, donde cada artista materializa su proceso de investigación y experimentación. A través de distintos lenguajes y soportes, la muestra articula imaginarios, tecnologías de producción y reflexiones sobre múltiples dimensiones de sentido. Más que un cierre, la exposición es un espacio de diálogo y circulación de ideas que da cuenta de la potencia colectiva del programa.
Creo que Núcleo podría entenderse como un microecosistema curatorial, donde el conocimiento artístico no se transmite de manera jerárquica ni estática, sino que surge de una red distribuida de agentes—artistas, curadores y teóricos—que interactúan en un proceso de aprendizaje colectivo. Su metodología, basada en encuentros regulares con distintos actores del campo artístico y en una exploración abierta de ideas, posiciona la curaduría como un sistema dinámico de producción de conocimiento, más próximo a un laboratorio de ideas que a un modelo de enseñanza convencional.
Su estructura colaborativa y distribuida rompe con la centralidad del curador como único mediador del significado. En este modelo de curaduría expandida, el conocimiento no fluye de manera unidireccional, sino que se configura a través de múltiples diálogos, generando un sistema abierto donde la producción de sentido permanece en negociación constante. Núcleo podría entenderse, entonces, como un ejemplo de cómo la práctica curatorial ha transitado de la selección de objetos y discursos fijos hacia la gestión de procesos y relaciones.
La práctica curatorial contemporánea ha cambiado con la aparición de sistemas colaborativos y dinámicas de trabajo en red. Tradicionalmente, el curador ha sido una figura central que medía entre el artista, la institución y el público, estableciendo discursos y jerarquías en torno al arte. En la curaduría distribuida, esta autoridad se fragmenta, dando paso a interacciones colectivas donde el significado no se produce de manera unitaria, sino que surge de la interrelación entre distintos agentes. El conocimiento artístico deja de ser estático o lineal y se configura como un flujo en transformación constante. Este desplazamiento pone en cuestión las nociones de autoría y legitimidad, pues la producción simbólica deja de responder a una única instancia de validación y empieza a operar dentro de un ecosistema de voces interconectadas.
Una experiencia de lo imposible: el arte como insistencia en lo que duele
Cierto tipo de arte encuentra en la intensa fragilidad de lo íntimo su modo de desplegarse, lo que equivale a decir algo tan amplio que, en el fondo, no dice nada.
En esta exposición colectiva, la diferencia estimula la imaginación, pues la interacción de elementos dispares genera nuevas ideas y prácticas. Cada artista o línea creativa es única y diferente, pero cuando se disponen en conjunto, estas diferencias pueden volverse patrones para una composición desconocida. Una exposición es, al fin y al cabo, un estado transitorio de elementos reunidos por la igualmente transitoria presencia de espectadores. Su intención es crear una comunidad temporal compuesta por artistas, objetos, experiencias y público, que no solo refleje el lugar donde se sitúa, sino también su contexto afectivo, político y social. Más que una suma de individualidades, esta exhibición propone componer una estructura en que las singularidades se integran en un sistema en constante transformación.
No recuerdo bien dónde leí, es probable que haya sido en un pie de página, que un artista es lo que hace con lo que hicieron de él. En estos trabajos se aprecia la tensión entre las circunstancias dadas —herencias culturales, condicionamientos familiares, sociales e históricos— y la libertad o responsabilidad del artista para transformarlas, lo que convierte la mirada autobiográfica en el núcleo compartido de esta exposición. Lo que sí puedo afirmar, desde mi posición de escucha, es que cada ejercicio en esta muestra surge de vivencias personales intensas, ocultas e intransferibles, cuyas marcas persisten en el cuerpo y en la memoria. Estas experiencias se convierten en una solución creativa que oscila entre la autoexploración y la conexión comunitaria, desplegándose en un espacio donde lo íntimo dialoga con lo colectivo.
Una experiencia de lo imposible asume el arte como un saber inútil, no porque no sirva para nada, sino porque denuncia que todo tenga que servir para algo. El arte, en su esfuerzo desmesurado y escasez de utilidad práctica, expone el fraude de la productividad como medida de valor e insiste en el gesto extenuante, no para alcanzar un propósito, sino para evidenciar su imposibilidad. Tengo la sensación de que, en esta exposición, el quid del proceso creativo se ha configurado como un laboratorio en donde los fantasmas aparecen y desaparecen una y otra vez, sin concesiones ni redención posible. En ese sentido, el arte no viene a purgar ese exceso ni a suturar esa herida, apenas la señala con la precisión de quien sabe que nombrar no equivale a resolver. Y ahí radica su verdadera inutilidad: no sirve para curar, pero sí para recordar que hay experiencias que tampoco quieren ser olvidadas.
Desde ese lugar de enunciación, la experiencia es la sustancia que hace funcionar este laboratorio dramático. Y en ese juego de exposición y ocultamiento, el curador aparece como un personaje ambiguo: un facilitador, un médium, un cómplice que, en el fondo, solo organiza los restos de algo que ya estaba en marcha mucho antes de su intervención. No es un sanador ni un guía, apenas un operador de significados que se sostiene en la confesión ajena sin ofrecer la suya. La paradoja es evidente: crea contextos para que otros contextos se desplieguen, pero rara vez arriesga el propio. Quizás porque intuye que el arte no cura, que su gesto no es el de la reparación, sino el de insistir en lo que duele. Y tal vez por eso, con toda la dignidad del cobarde, se esconde detrás de su oficio mientras los artistas exponen lo que ya no pueden ocultar.
Mariano Sanchez
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