Enero, 2026
Francisco —la Pancha— Casas viste un huipil hecho a mano en México, regalo de Miriam Morales, profesora y escritora chilena-mexicana. El tejido, de fondo crema, está recorrido por figuras geométricas en tonos damasco y naranja que se repiten en una cadencia armoniosa. Bajo el huipil asoma una especie de enagua blanca, y en su cuello cuelgan varios collares de piedras en la misma gama cromática del atuendo.
Que Pancha esté vestida con una de las prendas indígenas femeninas más significativas desde tiempos precolombinos en Centroamérica, portadora de la memoria de mujeres indígenas y mestizas del continente, parece ir de la mano con el mensaje político que ha sostenido durante décadas. Junto a Pedro Lemebel, su compañero de ruta y cofundador de Las Yeguas del Apocalipsis, habitó un cuerpo travestido en acciones de arte realizadas durante los años ochenta y noventa, con las que criticó de manera frontal a la burguesía, al sistema del arte y a sus mecanismos de exclusión, hablando desde y para las disidencias, los cuerpos precarizados y las víctimas de la represión en dictadura.
A pocos días de la inauguración de Desbocadas. Yeguas del Apocalipsis. Retrospectiva (2026) en el Museo Nacional de Bellas Artes, Pancha, vestida con su huipil, recuerda una frase que todavía resuena en su modo de estar en el mundo. Se la dijo la escritora y teórica feminista Margarita Pisano, cuando las Yeguas empezaban a forjar su camino: “Yo no tengo problema con que se vistan de mujer”, les dijo. “Sino de qué mujer se están vistiendo. ¿De la burguesa? ¿De la Miss Universo? Vístanse de la proletaria también”.
Pancha se ríe al recordarlo, pero fue una frase que siempre quedó en ella y en Pedro como un manifiesto. El mundo de las Yeguas estaba profundamente atravesado por el feminismo que emergía en los ochenta en Chile, un feminismo del Sur que visibilizaba desigualdades que no sólo afectaban a las mujeres blancas, sino también a las mujeres racializadas, a las mujeres mestizas. Esta corriente de pensamiento, impulsada por Margarita Pisano, cobraba fuerza también a través de escritoras y pensadoras como Raquel Olea, Soledad Bianchi, Carmen Berenguer, Olga Grau y Julieta Kirkwood. En ese tiempo, las Yeguas leían además a la argentina Tununa Mercado, Breve cárcel de Sylvia Molloy —que Pancha destaca como la primera novela lésbica de América Latina—, y las novelas de la uruguaya Cristina Peri Rossi. Sus acciones de arte emergían así como una traducción corporal de esa literatura, de esas ideas y de las críticas de género al poder patriarcal que las dictaduras latinoamericanas y el colonialismo habían instaurado.
Yeguas barrosas
Ser una Yegua a fines de los ochenta y comienzos de los noventa en Chile implicaba enfrentar censura no solo de la propia institucionalidad artística, sino también de los partidos políticos, incluso de aquellos que habían luchado contra la dictadura y trabajaban por la transición a la democracia. En ellos, las disidencias no eran recibidas con los brazos abiertos. “La derecha era peor, pero aun así más tolerante. Se hacía la lesa, porque no te ve, simplemente, no logra verte como un cuerpo otro, solo te ve como un cuerpo de mercado”, señala Pancha.
Fue en ese contexto de invisibilidad donde Pancha y Pedro fundaron un colectivo que realizaba acciones artísticas contra el fascismo, y en las que afloraban inevitablemente sus propias vidas. “Pedro y a mí nos unían muchas cosas: el proletariado, la discriminación brutal que sufrimos en las escuelas y en las universidades. Pedro Lemebel era profesor de artes plásticas y lo echaron de dos escuelas por homosexual. En ese contexto nos unían estas biografías, y siempre hablábamos desde el relato propio”.
Cuando Pancha Casas piensa en las Yeguas hoy, en la unión de esas biografías que se encontraron haciendo performance mucho antes de que esa palabra se conociera en Chile —en esa época se hablaba de “acciones de arte”— y en la fusión de los conocimientos de Pedro Lemebel, licenciado en artes visuales, y los suyos propios, formados en literatura, lo que se le viene a la mente es lo barroso. La estética barrosa, concepto que acuña y fundamenta el escritor argentino Néstor Perlongher para referirse a expresiones artísticas populares que toman las formalidades del barroco, encuentra en las Yeguas un ejemplo claro: cuerpos y acciones que, en contacto con las marginalidades —travestis y trans pobres, migrantes, trabajadoras sexuales proletarias—, producen una estética sincrética, popular, que remite a lo profano, a lo sucio, a lo marginal.
“Las Yeguas somos barrosas”, afirma Pancha.
El arte de reír
¿Puede la risa ser una estrategia afectiva, un modo estético para sobrevivir ante la precariedad, la violencia, la injusticia? Es una pregunta que le compete al arte y también a las Yeguas. “La carcajada”, dice la Pancha. “Qué importante. Al final todo es humor”.
El humor como modo de mirar —y sus matices, la sátira, la ironía— atraviesa la obra de las Yeguas del Apocalipsis. Basta observar acciones como De la nostalgia (1991), cuando Pedro y Pancha irrumpieron en la última función del Cine Arte Normandie en su antigua sede de la Alameda. Mientras en la pantalla se proyectaba Las aventuras del Barón Munchausen dirigida por el estadounidense Terry Gilliam, las Yeguas se sentaron entre el público con vestidos largos, encajes y maquillaje, simulando un glamour hollywoodense exacerbado. Luego abandonaron la sala para orinar sobre un par de estrellas dibujadas en el suelo, parodiando los rituales de consagración del espectáculo en el Norte Global.
O en 1988, aún en dictadura, cuando realizaron una sátira de la figura del conquistador que toma posesión del territorio. En esa acción, Pedro y Pancha aparecieron desnudos sobre un caballo -el animal históricamente domado por el conquistador- y llegaron así a la toma universitaria de los estudiantes de arte que tenía lugar en el campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile, acompañados por las poetas Carmen Berenguer, Carolina Jerez y Nadia Prado. Esa acción, una de las más recordadas, fue bautizada irónicamente como La Refundación de la Universidad de Chile.
El humor irreverente siempre fue la base de conexión y pensamiento de Pancha y Pedro, la cuerda invisible que sostenía sus acciones. Ambos formaban una mirada aguda y pícara, capaz de detectar lo absurdo y reírse de ello, incluso de lo doloroso, que Pancha conserva hasta hoy y traslada a sus recuerdos de artista. Una de las historias que mejor refleja ese humor surge con Diamela Eltit. A comienzos de los noventa, Pancha recuerda que nadie en Chile conocía a Frida Kahlo. Su amiga Diamela viajaba mucho, sobre todo a México y a diversas universidades de Estados Unidos, y regresó con un libro recién publicado sobre la artista mexicana. Al hojear el libro y detenerse en la imagen de Las Dos Fridas, le dijo, con una sonrisa y como una humorada: “Son ustedes, las yeguas”. Pancha le mostró el libro a Pedro y, al instante, dijeron: “Hagamos esto”. Buscaron quién pudiera tomar la foto y finalmente fue Pedro Marinello quien capturó la escena, que hasta hoy se mantiene como una de las más referentes dentro del archivo de las Yeguas y que ha circulado por distintos museos alrededor del mundo, entre ellos el Reina Sofía y el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA).
La última Yegua
Pancha Casas relata que el nombre de su colectivo surgió una noche de copas en el Parque Forestal con Pedro Lemebel. “Estábamos súper borrachas. Después del parque íbamos a la casa de la Carmen Berenguer, que era cruzando Plaza Italia. Pedro se ponía medio católico. Estábamos hablando del sida, que en la prensa de la época se describía como uno de los cuatro jinetes del apocalipsis, y yo lo miro y le digo: ‘No, las yeguas”.
Pancha Casas es hoy la última Yegua. Treinta y cinco años después, su trabajo ingresa al Museo Nacional de Bellas Artes, el mismo espacio que censuró material de las Yeguas del Apocalipsis en 1990, durante la exposición colectiva Museo Abierto. En ella, la artista Gloria Camiruaga había incorporado a su documental Casa Particular, que se sumerge en las vidas e historias del prostíbulo ubicado en la Calle San Camilo, una reproducción audiovisual del cuadro La última cena, para la que Pedro Lemebel y Pancha Casas invitaron a travestis a escenificar la última cena cristiana; una de ellas, luego de tomar un trozo de pan y beber un sorbo de vino, dice: “Esta es la última cena, la última cena de este gobierno”. El video de las Yeguas fue incluido en la sección de videoarte, pero finalmente el museo decidió retirarlo de la muestra.
“Es como en la obra La visita de la vieja dama de Dürrenmatt, cuando ella vuelve al pueblo”, dice Pancha Casas. “Volví al pueblo, volví al Museo Nacional de Bellas Artes. Por eso esta entrada es tan histórica… Voy a entrar con Lotty Rosenfeld, con Gloria Camiruaga, con Carmen Berenguer, con Pedro Lemebel presentes” —el único vivo entre ellas—.
Entrevista por Javiera Paz Fernández .
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