Noviembre, 2025
Hablar de las cosas es ponerlas en valor y qué importante es comentar aquello que sucede en nuestro país. Entre octubre y diciembre se lleva a cabo el Mes del Diseño (MDD) 2025, siete semanas en las que Chile demuestra que diseña, y diseña bien.
En 2011, cuando aún no existía el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, la institución encargada de las políticas culturales, el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA), incorporó un área dedicada netamente al diseño. Con el propósito de relevar su valor social, cultural y económico, así como su rol innovador en la vida cotidiana, se instauró una semana anual de charlas y actividades orientadas a posicionar el valor de esta disciplina en la sociedad, inspirada en las Design Weeks de distintas capitales culturales del mundo, como Milán o Nueva York.
Quince años después, y en plena celebración, hoy se dedican dos meses –del 16 de octubre al 4 de diciembre– a casi 70 actividades a lo largo de todo Chile que buscan visibilizar el diseño como una fuerza transformadora, capaz de conectar territorios, comunidades y saberes. Exposiciones, talleres, encuentros y ferias que dan vida a un programa diverso que demuestra la expansión y consolidación del diseño nacional, tanto en el área cultural, como académica y productiva.
Trinidad Guzmán, Directora de contenidos y actividades del Mes del Diseño de Chile desde el 2012 a la fecha y Directora Nacional –hace más de ocho años– del Área de Diseño y Servicios Creativos en Ministerio de las Cultura, las Artes y el Patrimonio, explica que durante esta década y media, el MDD se ha ido reformulando, pues partió como un evento netamente académico y hoy pretende acercar a todos los ciudadanos a entender el diseño como algo fundamental, integral e intrínseco en la vida de todos: “El cambio ha sido doble: por un lado, ampliamos el público, y por otro, los enfoques. Hasta 2019, el foco estaba en difundir el diseño como profesión; desde 2020 lo abrimos, lo sacamos de los límites académicos y lo entendemos como un conector entre distintas áreas: ingeniería, medicina, vivienda o transporte”, afirma la gestora cultural.
Para Guzmán, el diseño lo atraviesa todo: levantarse en la mañana, pensar un proyecto, las políticas públicas y hasta la forma en que nos movemos depende de él. Si le preguntan qué falta en su reconocimiento, ella dice que “su rol en la sociedad va mucho más allá de resolver problemas puntuales; el diseño tiene que estar dentro de las estrategias, de las políticas públicas y de las metodologías con las que queremos intervenir en los problemas colectivos”.
Hoy en día, si bien cree que –todavía– no tiene el reconocimiento que merece, “hemos ido logrando de a poquito que se valore”, afirma con optimismo.
Trinidad Guzmán: En sus inicios, el Mes del Diseño concentraba actividades dirigidas principalmente al sector profesional y académico. Con el tiempo, el foco se amplió hacia la ciudadanía, buscando democratizar el acceso al diseño y expandir su presencia a regiones fuera de la Metropolitana. Cada territorio comenzó a desarrollar sus propias instancias, como talleres o conversatorios, adaptadas a sus realidades locales. Desde la pandemia, el enfoque también cambió: de difundir el diseño como profesión a entenderlo como una herramienta transversal que conecta distintas áreas.
Aunque la iniciativa comenzó en 2011 como una semana del diseño, la alta convocatoria hizo que se extendiera a dos semanas y, al año siguiente, en 2012, se transformó en un mes completo. Lo que partió como un evento con un enfoque principalmente académico fue incorporando nuevos socios estratégicos vinculados a la producción y al comercio del diseño.
TG: Sí, durante los 14 años anteriores, cada versión del Mes del Diseño tenía una identidad visual distinta, enfocada en destacar el trabajo de un diseñador nacional. Pero nos dimos cuenta de que eso dificultaba el posicionamiento del MDD como una marca reconocible y ciudadana. Por eso, al cumplir 15 años, quisimos establecer una identidad gráfica permanente, algo que diera continuidad y reflejara nuestra cultura. Para eso trabajamos con Comunas Unidas —Manuel Córdova y Myrna Cisneros—, quienes llevan años vinculados el diseño con la identidad nacional. Les pedimos crear un logo que trascendiera las ediciones, como ocurre con festivales internacionales, y que conectara con la comunidad a través de símbolos cotidianos.
Guzmán explica que de ahí surge la elección del tostador: un diseño chileno, fabricado en el país y reconocido internacionalmente, que además genera conversación sobre su versatilidad. Aunque fue creado para tostar pan, hoy también se usa para preparar arepas o arroz, reflejando cómo el diseño puede adaptarse y responder a distintas necesidades. Junto a él, la marraqueta aparece como un símbolo profundamente transversal —todos comemos marraqueta, sin distinción de clase—. Ambos objetos, dice Trinidad, representan la identidad chilena y demuestran cómo el diseño, desde lo cotidiano, puede unirnos y construir sentido de pertenencia.
TG: Cuando empezamos a pensar en esta edición, quisimos construir una línea curatorial reflexiva, con una mirada identitaria que nos permitiera reconocernos y reconectarnos, mostrando el diseño como una herramienta transformadora. El diseño evoluciona a través de la innovación, la tecnología y la experimentación con biomateriales, pero sin perder su esencia comunicacional. Por eso, las muestras buscan reflejar ese avance. En el MUT, por ejemplo, reunimos creadores nacionales que exploran nuevas materialidades sin abandonar los oficios tradicionales, generando cruces entre la tradición y las nuevas formas de hacer. En el Centro Cultural La Moneda, presentamos una exposición sobre la historia del diseño de juegos de mesa en Chile, un sector creativo en constante expansión. También realizamos una muestra en el Metro de Santiago, en homenaje a sus 50 años, donde exploramos cómo el diseño gráfico ha contribuido a construir su identidad y a conectar la ciudad. En paralelo, junto a Chile Diseño y los gremios, desarrollamos actividades sobre sostenibilidad, producción limpia y economía circular, como la muestra Reforma en el GAM. Creemos que, además de preservar la memoria, el diseño debe proyectarse hacia el futuro y responder a los desafíos ambientales, sociales y culturales, poniéndose al servicio de la comunidad y del entorno.
Para la encargada del Área de Diseño y Servicios Creativos, la relación del ciudadano chileno con el diseño ha cambiado en los últimos quince años. Hoy —afirma— existe una valoración mucho más profunda del trabajo nacional, algo visible en la gran cantidad de ferias y proyectos que han surgido en distintos puntos del país, desde Contrabando en Puente Alto hasta Tinta en la Universidad Católica. Según ella, esta efervescencia creativa, impulsada por ilustradores, diseñadores y editores independientes, ha dado forma a una escena cada vez más activa y diversa.
Trinidad Guzmán destaca también el creciente interés por exposiciones como la dedicada a la influencia de la Bauhaus en el Centro Cultural La Moneda —una de las más visitadas—, como un reflejo de esa conexión emocional que el público ha establecido con el diseño. “Cuando alguien reconoce un objeto que perteneció a su abuela, un afiche de Vicente Larrea o un logo de los años ochenta, inevitablemente se activa una memoria personal y colectiva”, explica. Para ella, ahí radica la fuerza del diseño: en su capacidad de generar vínculo y memoria compartida.
*Entrevista por Diego Chicano
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Sobre Trinidad Guzmán Herrera
Coordinadora y Directora Nacional del Área de Diseño y Servicios Creativos del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Dirige y coordina los contenidos y actividades del Mes del Diseño. Es especialista en gestión pública y políticas culturales, docente con más de 14 años de experiencia y evaluadora de proyectos de innovación y diseño. Ganadora del Premio ChileDiseño 2017.
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