Octubre, 2025
El cuerpo está compuesto en su mayoría por agua, al igual que el planeta Tierra. Antes de nacer, flotamos en líquido amniótico. Somos lo que somos porque el agua nos permite ser. Es por ello que el artista visual y pensionario 2025-2026 de la Villa Médici, Enrique Ramírez (46), busca respuestas en el mar.
En el fondo del océano pareciera haber una ausencia: el silencio y la oscuridad hacen creer que nadie habita en ese rincón alejado de la vida humana. Desde Roma, el artista chileno está trabajando y explorando ese vacío a través de su proyecto de investigación Anán en la Villa Médici, el estudio de una embarcación indígena que pareciera ya no estar, pero que sí está.
El artista chileno formado en Le Fresnoy (Francia) vive y trabaja entre París y Santiago. Su práctica —que abarca el cine, la instalación y la fotografía— combina poesía y reflexión política, utilizando el mar como elemento recurrente para interrogar la historia y el presente. La obra y trayectoria de Ramírez están estrictamente ligadas al agua, y éste proyecto no es la excepción: se centra en un medio de transporte marítimo utilizado por los pueblos originarios de la Patagonia chilena, la canoa yagán.
Hoy en día, este artefacto se encuentra en el Museo de la Civilización Romana, debido a su usurpación en la década de 1890, cuando los indígenas de la zona sur –Yaganes, Kawésqar, entre otros– fueron trasladados a Europa para ser exhibidos como animales. En esa ocasión, los presentaron en exposiciones antropozoológicas en Hamburgo y en la Exposición Universal de París.
Sin embargo, esta historia repunta hacia el año 2008, pues Enrique trabajó en el documental Calafate, zoológicos humanos de Hans Mülchi, una investigación sobre la captura y tortura de los fueguinos que fueron exhibidos en los zóologicos humanos a fines del siglo XIX. Durante ese rodaje, fue testigo de la canoa yagán, el medio de transporte elaborado con cortezas para transitar entre los canales patagónicos y fueguinos, que no solo les permitía moverse, sino que cazar animales marinos.
Según el texto Zoológicos Humanos (2010), en junio de 1896, el crucero Cristoforo Colombo, con el príncipe Luigi Amedeo di Savoia, duque de los Abruzzos, a bordo, llegó a Punta Arenas. En su honor, la Società di Mutuo Soccorso Fratellanza Italiana le obsequió una canoa yagán, certificada como auténtica por el gobernador del Territorio de Magallanes. El documento oficial, fechado el 26 de junio de ese año, relataba que la embarcación había sido requisada tres años antes por la tripulación de la goleta Allan Gardiner a cuatro indígenas que navegaban desde la isla Wollaston hacia el Falso Cabo de Hornos.
Esa fascinación e interés que le provocó la embarcación, terminó en una investigación a través de un fellowship en la Villa Médici, la sede de la Academia de Francia en Roma, cuyas habitaciones también recibieron a Claude Debussy, Georges Bizet y a Charles Garnier, entre tantos otros artistas.
En cinco siglos de historia, Enrique Ramírez es apenas el tercer chileno en ser pensionario de la institución —después de Nemesio Antúnez y Roque Rivas—, y el único latinoamericano entre los fellows del periodo 2025-2026.
Actualmente, Enrique dice que quiere detenerse y mirar. Por este motivo, su estancia en la Academia de Francia es una especie de descanso de su producción que se transforma en un espacio de observación e investigación.
Tras las 752 propuestas que recibió la institución, el primero de septiembre, se anunció a través de las redes sociales de la Academia de Francia en Roma que los 16 pensionados habían llegado al recinto para empezar su año de investigación o creación. Entre ocho disciplinas artísticas diferentes y ocho nacionalidades, cada uno de los fellows tiene 12 meses para llevar a cabo su proyecto.
Arquitectura, historia y teoría de las artes, literatura, composición musical, comisariado de exposición, fotografía y artes visuales son los ocho oficios que están investigando los distintos artistas que quedaron seleccionados. Entre ellos Ramírez, que se dedicará a ésta última.
Ch.ACO: ¿Cómo llegas hasta la Villa Médici?
Enrique Ramírez: El proceso consiste en presentar un proyecto que guarde algún vínculo con Italia. Se detalla la propuesta y un jurado la evalúa junto con la trayectoria del postulante. A partir de esa revisión se seleccionan alrededor de 32 iniciativas, y luego los autores deben defenderlas oralmente en Francia. De esa etapa surgen los 16 artistas finalmente escogidos. En mi caso, tuve la suerte de ser uno de ellos. La residencia no exige necesariamente la creación de una obra. Más bien, ofrece un espacio de búsqueda y reflexión, un momento particular en la carrera en el que a veces es necesario parar, pensar y proyectar lo que vendrá después. Cada residente decide cómo abordarlo.
Ch.ACO: La Academia tiene una carga simbólica enorme: es un espacio histórico, pero también un laboratorio para pensar y crear arte contemporáneo. ¿Por qué era importante para ti realizar una residencia aquí, en este momento de tu carrera?
Enrique Ramírez: Creo que estamos en un momento en el que vale la pena detenerse y mirar alrededor. Vivimos rodeados de conflictos, con guerras que se nos acercan, en un mundo que no quiero decir que esté sin esperanzas, pero sí lleno de problemas. El arte, o al menos el arte que me interesa, debería reaccionar ante eso, ante la realidad en la que vivimos. La Villa Médici es una residencia muy prestigiosa, con una historia que se remonta al siglo XVII, y representa un espacio que justamente te permite detenerte, pensar y alejarte de la vorágine cotidiana. Tener esa posibilidad es una suerte enorme. Además, compartir con otros 15 artistas de distintas disciplinas y lugares del mundo, con quienes puedes conversar, discutir y reflexionar, es un verdadero lujo. Yo nunca había postulado antes, pero sentí que este era el momento para hacerlo. No soy un artista tan joven, y me parecía importante tomarme un tiempo para pensar en lo que viene.
Las migraciones contemporáneas que llegan a Europa fueron el punto de partida de este interés por la Canoa Yagán, si bien no hay un vínculo claro y establecido, hay algo que resonó en el artista para recordar aquello que sintió en 2008 cuando vio este artefacto en la grabación del documental.
“¿Por qué esa canoa? ¿Por qué está en el centro de la cultura europea? ¿Por qué me hace sentir más cerca de mi tierra? ¿Y qué le pasa a los otros también? ¿Qué les puede pasar?”, son algunas de las preguntas que han surgido en su cabeza y lo han motivado a entender hacia dónde irá su trabajo.
Enrique Ramírez: Mi trabajo siempre ha estado vinculado a la idea de flotación, migración y las formas de habitar espacios inestables. En este caso, la canoa representa no solo a un pueblo prácticamente exterminado, sino también una forma de sufrimiento contemporáneo relacionada con las migraciones.
Ch.ACO: Si bien llevas solo cincuenta días en la residencia, ¿cómo ha sido el proceso de “desempolvar el archivo”?
Enrique Ramírez: Básicamente, es una investigación en curso. Todavía no tengo acceso directo a los archivos; recién a fines de diciembre podré comenzar a trabajar en el museo, visitar la canoa y conversar con las personas que trabajan allí. Hay que decir que esta pieza ha sido expuesta muy pocas veces, creo que solo dos, desde su llegada a Italia. Pero está muy bien conservada justamente porque ha permanecido guardada, sin ver la luz durante más de un siglo. Mi trabajo parte desde ahí, aunque no sé bien hacia dónde me llevará. No es un hallazgo nuevo: los historiadores y antropólogos conocen su existencia. Para mí, no se trata de descubrir algo, sino de usarla como detonante, como punto de inicio de una búsqueda personal.
Considerando el contexto en el que se encuentra actualmente –tanto él, como el mundo–, Enrique Ramírez explica que su interés artístico se dirige hacia aquello que no está presente: la ausencia de historia, de imagen, de sonido o de tacto. Le interesa explorar “todo lo que no tenemos acceso”, trabajar con el silencio y con la oscuridad, con “lo que no refleja la luz ni produce sonido”. Esa idea, dice, se relaciona simbólicamente con las profundidades del mar —un lugar sin oxígeno, pero donde la vida persiste—. Por ahora, define esta búsqueda como “una suerte de ventana negra que se abre y que, en realidad, sigue siendo negra por el momento”.
Ch.ACO: ¿Qué buscas en el mar?
Enrique Ramírez: Para mí, el mar, el agua, de alguna forma, son una representación de la vida, porque nacemos en un vientre materno, nacemos rodeados de agua. Nuestro cuerpo tiene prácticamente más de la mitad de agua. La Tierra tiene más agua que tierra, y tiene una cosa que es inestable, que es desconocida. O sea, a veces el mar, en general, pasa a ser más desconocido y más oscuro que el cielo mismo. Conocemos más del cielo que de las profundidades del mar. Es inestable, pero al mismo tiempo sigue siendo el mismo mar del que hablaban las historias de los primeros descubridores. El mar no ha cambiado tanto como ha cambiado la tierra. Para mí, el mar es una pregunta siempre, porque tiene eso que lo hace ser bellísimo, pero que también lo hace ser muy oscuro, muy violento y muy temeroso. Y eso es lo que me gusta: ese encuentro entre dos mundos que parecieran no poder vivir juntos, pero que sí viven juntos en el mar, que es esa belleza y esa crueldad también.
El agua, la ausencia y la memoria confluyen como una misma corriente. Desde Roma, el cineasta continúa su deriva entre lo que se ve y lo que no, entre la superficie y la profundidad.
*Entrevista por Diego Chicano
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Sobre Enrique Ramírez
Enrique Ramírez (Santiago de Chile, 1979) vive y trabaja entre París y Santiago. Artista formado en Le Fresnoy, su obra —que abarca video, instalación y fotografía— combina poesía y memoria para explorar la historia y las tensiones del mundo contemporáneo, con el mar como elemento constante. En 2023, tres de sus piezas ingresaron al Centre Pompidou. Su trabajo forma parte de colecciones como la del MoMA, la Fundación Pinault y el Museo de la Memoria, y ha sido exhibido en la Bienal de Venecia y el Palais de Tokyo.
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