Octubre, 2026
Hay algo sospechoso en las ideas que se portan demasiado bien.
Las que se quedan en su disciplina, conversan con sus pares, asisten a sus propios congresos y vuelven a casa sin haberse metido con nadie.
El arte con el arte. El turismo con el turismo. La educación con la educación.
Todo muy correcto.Y bastante fome.
Porque si uno mira la historia de las cosas interesantes, muchas nacieron de encuentros que, en principio, no tenían demasiado sentido. La cocina se encontró con la química. La arquitectura con la naturaleza. La tecnología con el diseño. El arte con prácticamente todo lo que se le puso por delante.
Y de pronto aparecieron cosas que antes no existían.
Tenemos palabras para cada cosa. Público, visitante, alumno, turista, espectador. Hasta credenciales distintas para entrar a lugares que están a dos cuadras de distancia. Como si una persona dejara de ser curiosa al salir de un museo y se convirtiera, automáticamente, en alguien que sólo necesita indicaciones para llegar al hotel.
¿Y si las categorías fueran útiles para ordenar presupuestos, pero bastante malas para imaginar el futuro?
¿Por qué una feria de arte no podría transformar la manera en que conocemos una ciudad? ¿Por qué un viaje no podría ser una experiencia educativa extraordinaria? ¿Por qué un hotel no podría convertirse en un espacio de creación? ¿O un paisaje en el punto de partida de una conversación sobre arte contemporáneo?
No se trata de ponerle arte a todo como quien decora un lobby.
Ni de convertir cada experiencia en una actividad pedagógica con objetivos de aprendizaje.
Se trata de algo bastante más interesante: permitir que una disciplina cambie la manera en que funciona otra.
Pienso, por ejemplo, en lo distinto que sería recorrer una ciudad siguiendo las preguntas de sus artistas en lugar de sus diez atractivos imperdibles. No llegar a la plaza para marcarla en un mapa, sino para entender quién la usa, quién la diseñó, qué memoria guarda y qué historias no aparecen en la placa de bronce.
O pensar una exposición que no termine en la puerta de salida, sino que nos mande a caminar. Una obra que nos haga volver a mirar una esquina, un mercado, una fachada que llevamos años pasando por alto. Eso también puede ser una forma de viajar, aunque no haya maleta de por medio.
En Latitud 90 trabajamos entre viajes, educación, contenidos, cultura y producción de experiencias. Y cada vez me interesa menos dónde termina una cosa y empieza la otra.
Me interesa lo que ocurre en el medio.
Porque producir una experiencia no es solamente lograr que algo funcione, que la gente llegue y que el programa se cumpla. Es preguntarse qué podría pasarle a alguien durante ese encuentro. Qué se lleva, además de una foto. Qué conversación empieza después.
Chile, además, es un lugar extraordinario para experimentar con esas mezclas.
Tenemos geografía, patrimonio, artistas, arquitectura, gastronomía, historias y una diversidad cultural enorme. Pero seguimos presentando buena parte de esa riqueza en compartimentos bastante separados.
El paisaje por un lado. La obra por otro. El relato histórico en otra sala. La gastronomía al final del recorrido, cuando ya tenemos hambre.
Como si el viajero, el espectador, el estudiante y el ciudadano fueran cuatro personas distintas.
Y no lo son.
Pienso en lo que podría pasar si, en vez de preguntarnos solamente cuántas personas visitaron un lugar, empezáramos a preguntarnos cuántas salieron de ahí con una idea nueva. O si una experiencia cultural pudiera convertirse también en una razón para recorrer un barrio, quedarse una noche más o conversar con alguien que vive ahí.
No estoy sugiriendo que todo deba mezclarse con todo. Algunas cosas necesitan silencio, distancia, especialización. Un museo no tiene por qué transformarse en parque temático. Un artista no tiene por qué resolverle el negocio al turismo.
Pero tampoco veo por qué habríamos de proteger cada mundo de la posibilidad de encontrarse con otro.
¿Qué pasaría si dejáramos de diseñar experiencias para categorías de personas y empezáramos a diseñarlas para su curiosidad?
Quizás descubriríamos que un viaje puede comenzar frente a una obra de arte. Que una exposición puede terminar en una calle. Que una clase puede ocurrir en el desierto. O que conocer Chile puede ser mucho más interesante que simplemente recorrerlo.
No tengo ninguna intención de proponer una nueva industria con nombre en inglés.
Por favor, una menos.
Pero sí me gustaría que empezáramos a cruzar algunas fronteras que, a diferencia de las geográficas, sólo existen porque nosotros insistimos en mantenerlas.
Las buenas ideas tienen malas costumbres.
Se meten donde no las llaman. Y menos mal.
Inscríbete al newsletter de Ch.ACO y Ch.ACO+
Descubre panoramas, actividades culturales, arte, entrevistas, encuentros improbables y +