Marzo, 2026
La larga trayectoria de Federico Assler, Premio Nacional de Artes 2009, se ha definido por una comprensión de la escultura como experiencia situada. Más que concebirla como un objeto autónomo, su práctica se articula en relación con el espacio, la naturaleza y las personas. En el marco de su reconocimiento a la trayectoria en Ch.ACO, su reflexión vuelve sobre una idea insistente: “las obras deben detener a la persona”, provocar una pausa, un quiebre en la continuidad del tránsito cotidiano.
Ese énfasis en la detención no es casual. Para Assler, toda obra nace condicionada por el lugar que la recibe. “Cuando hago una obra para un edificio o para un espacio, eso me marca, me determina”, afirma, subrayando que el contexto no es un soporte neutro, sino un agente activo en el proceso creativo. De ahí que insista en que no piensa la escultura “como un objeto aislado”, sino como una instancia de relación: “pienso en las personas”, señala, estableciendo desde el inicio un vínculo con quienes se encontrarán con la obra.
Esa relación se ha construido, muchas veces, desde antes de que el espacio esté completamente definido. En proyectos vinculados a la arquitectura, el artista describe un proceso en el que la obra se integra desde el origen, dialogando con la configuración del lugar. Sin embargo, reconoce que ese diálogo no siempre es sencillo: “la obra va a ser conocida cuando esté terminada”, dice, evidenciando la dificultad de anticipar su recepción. Es en esa incertidumbre donde aparece una de sus nociones clave, que es la obra como acontecimiento.
“Me interesa hablar de acontecimiento más que de objeto”, afirma. Las esculturas, muchas de ellas realizadas a gran escala, no se agotan en su materialidad, sino que se activan en la experiencia que generan. Por eso busca que sus obras “atraigan”, que funcionen como una aparición capaz de llamar la atención de quien transita e interrumpir su recorrido. En ese gesto se juega una dimensión central de su trabajo, que es la posibilidad de producir un encuentro con otro.
Ese encuentro no es solo visual. Assler insiste en la importancia del contacto físico y sensorial, pensando en las personas “que se van a detener a mirar o a tocar”. La obra, entonces, no se contempla a distancia, sino que se invita a recorrer, se rodea, se experimenta en proximidad. En este sentido, sus esculturas en el espacio público se conciben como presencias activas, más cercanas a la vida cotidiana que a la lógica museográfica.
De ahí también su preocupación por la permanencia de las obras en el espacio público. A propósito de su intervención en el Parque de las Esculturas de Providencia, con esculturas de distintos tamaños concebidas como un homenaje al río, enfatiza que estas piezas no deberían ser desplazadas, pues forman parte de un sistema de relaciones que incluye el lugar, su historia y sus habitantes. “Las obras deben crecer con el lugar en el tiempo”, sostiene.
La naturaleza, en este marco, no es solo contexto, sino un interlocutor permanente. Assler describe una práctica de observación constante. “Siempre estoy observando los movimientos de la naturaleza, sus coloraciones, texturas. Toco sus troncos, y veo cómo cambian con la luz del día, con el sol, con la lluvia”. Esa experiencia directa del entorno se traduce en obras que no buscan representar la naturaleza, sino formar parte de ella.
En piezas como Roca Negra, esta relación se vuelve explícita. La obra no se impone sobre el paisaje, sino que “forma parte de la naturaleza”, integrándose a un proceso en el que arte y entorno se transforman mutuamente. Ubicadas en el Cajón del Maipo, sus esculturas no solo ocupan un lugar, sino que contribuyen a configurarlo, generando nuevas formas de habitar el paisaje.
Para el artista hay una preocupación constante por el impacto de la escultura en la vida cotidiana. “Me interesa mejorar el entorno”, afirma, reconociendo que las obras no solo lo afectan a él, sino que buscan “afectar a las personas”. En ese sentido, imagina a quienes se encuentran con sus piezas —por ejemplo, estudiantes— enfrentados a una suerte de irrupción: “que se encuentren con esta aparición”.
El reconocimiento que recibirá en Ch.ACO adquiere, para el artista, un sentido particular. Por un lado, lo sorprende que existan instituciones o privados que encarguen obras, entendiendo ese gesto como una primera forma de validación. Por otro, valora que se reconozca públicamente el trabajo de los artistas en Chile. “Los artistas hacemos obras para la gente”, afirma, enfatizando la dimensión social que para él tiene la creación: acompañar la vida diaria e integrarse a la ciudad como una presencia que incide en la experiencia cotidiana.
Entrevista por Javiera Paz Fernández.
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